Mirar más allá del ego - Sergio Sinay







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Señor Sinay:
Soy médico psiquiatra y en mi profesión -como en tantas otras- se advierte una desmesura del ego que tiende a distorsionar la realidad de los hechos. Me refiero a la cuestión de presentarnos ante los demás con "rótulos" que no transmiten nada esencial acerca de nuestra persona real (Dr. Fulano, Profesor, Jefe, Miembro, etc.). Pienso que estos "títulos" no hacen más que reforzar un ego que necesita de aquel sostén para "ser" lo que -en la intimidad- no es. ¿No será que algunos necesitan de tales "máscaras" o atributos para fingir ser algo que en realidad se dista de ser? ¿No se deberá a la angustia que genera reconocerse como el que uno es en realidad y no como aquel que se pretende ser?
Eduardo Goldberg

Es cierto, como advierte nuestro amigo Eduardo, que muchas personas parecen existir sólo a partir de sus títulos, rótulos, cargos o funciones. Así, el "Doctor" Fulano no lo es sólo en su consultorio o estudio, sino también cuando lo llamamos a su casa ("el Doctor no está", nos dicen), cuando va al club o cuando compra el diario ("¿cómo le va, Doctor?"). Es cierto que estas actitudes crean una inflación de la identidad (presentarse como "El Ama de Casa Fulana" no provocaría el mismo impacto). Y es cierto, por fin, que si estas actitudes están extendidas se debe a una suerte de acuerdo colectivo según el cual creemos que, así como el hábito hace al monje, el título o el cargo hacen a la identidad. A partir de allí hay una confusión serial: llamamos inteligente a quien acumula títulos, cargos o lecturas. Hay quienes se postran ante un funcionario aunque las conductas o la moral de éste no lo justifiquen y, aunque digamos que somos todos iguales, acabamos por justificar que haya (como en Rebelión en la granja, la memorable fábula escrita por George Orwell en 1945) algunos "más iguales que otros".

Todo esto se origina en la creencia de que en el Ego se concentra el ser. El Ego equivale a nuestra personalidad. Aquello que decimos ser y que se dice que somos. Personalidad proviene de Persona, como era denominada la máscara con la cual los actores del teatro griego se presentaban ante el público, que veía esa máscara, nunca el rostro. Y una acepción de Persona es "hablar a través de" (en este caso, a través de la máscara). Nuestra personalidad es nuestra máscara y está construida con aquello que, desde niños y mediante experiencias felices e infelices, detectamos que podría hacernos dignos de reconocimiento. O con aquello con que se nos rotuló (aun cuando se tratara de rótulos desvalorizadores, pero puestos por personas que influían en nosotros). La forja de esa personalidad deja afuera muchos aspectos que nos pertenecen (valiosos o no deseables) y que ignoramos o negamos. Ellos constituyen nuestra Sombra. Ego (personalidad) y Sombra se establecen juntos. Cuanto más desconocemos o negamos nuestra Sombra, cuanto más nos incomoda, más nos abrazaremos a nuestro Ego, más alto nos subiremos a él y, llegado el momento, más dura será la caída.

El Ego, sin embargo, no es una anomalía. Existe, es el opuesto complementario y necesario de la Sombra. Cuando los dos son reconocidos se empieza a constituir el Yo, una integración de ambos términos. Pero lo que somos no acaba allí, sino en lo que el padre de la psicología profunda, Carl Jung (1875-1961), quien desarrolló estos conceptos a lo largo de su obra, llamaba el Sí Mismo.

El Ego es la cara que presentamos ante la sociedad. La Sombra encierra nuestros aspectos negados (según Jung, un reservorio de energía para transformarnos). El Yo es la luz de la conciencia que nos permite pensar en nosotros. Y el Sí Mismo es el punto de convergencia e integración de todos los aspectos del individuo, el centro y circunferencia total que abarca lo consciente y lo inconsciente. En La experiencia jungiana, el especialista James A. Hall explora estos temas de una manera accesible. Jung sostenía que llegar al Sí Mismo es alcanzar la esencia de nuestro ser. No alcanza una vida para ello, advertía. Pero emprender la tarea, aunque quede inconclusa, le da sentido a la vida. Por supuesto, para ello hay que sacarse los rótulos, los uniformes sociales, bajar la máscara, mirar más allá del Ego y ponerse la ropa de fajina existencial. Con toda humildad, con algunos costos (sobre todo, si esos títulos, cargos y posesiones se nos han adherido a la piel) y con los mejores augurios de una vida asentada en la autenticidad.



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