Velos, sombras, represiones

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Puede que la psicología —de la que Antonin Artaud dijera que es el opuesto del arte— conlleve la profanación de los sagrados misterios de la mente, pero tal vez sea mucho más desagradable, si cabe, caer bajo el influjo de la proyección inconsciente que nos lleva, por ejemplo, a culpabilizar a los demás de nuestros más oscuros sentimientos o a escondernos de nuestra propia naturaleza más profunda.


Es un proceso de oclusión y cerramiento gradual que ha sido estudiado tanto por tradiciones antiguas —como el budismo, el hinduismo o el sufismo— como por la psicología contemporánea. Así, en el campo de la moderna psicología se habla de trascender la represión o de integrar la sombra, etcétera, y, por su parte, los caminos espirituales tradicionales utilizan, en este mismo sentido, las nociones de velo y de nudo. Tal es así que, en la literatura actual al respecto, estos términos —dualidad, velo, represión— han llegado a ser casi sinónimos.


El análisis del proceso de formación de los velos y las represiones, parece un tema sumamente importante porque contiene la esencia de todo camino de auto-conocimiento. Tomar conciencia de nuestros velos y sombras supone llegar a conocer nuestras limitaciones; sólo conociendo éstas y sabiendo cómo funcionan podremos saber realmente lo que hay más allá de ellas. Pero la represión no sólo se refiere al sexo porque, junto con la represión de la vida (represión de las funciones inferiores: sexo, defecación, comida, etcétera), también existe una represión del infinito y la eternidad o lo que podemos llamar represión de la trascendencia, la represión de la muerte.


Si el proceso de las sucesivas represiones en sus distintas modalidades burdas, sutiles y muy sutiles, tiene que ver en buena medida con la evitación del dolor más o menos profundo, entonces, parece lógico que el proceso de deconstrucción de estas represiones pase necesariamente por el encuentro con todas las facetas del dolor que hemos ocultado o evitado a lo largo de nuestra historia. Este particular parece ser, precisamente, el mensaje opuesto a las ideologías de la Nueva Era que promocionan comercialmente un camino —lleno de afirmaciones positivas poco realistas— hacia la luz, el amor, el gozo y la salud que obvia peligrosamente el hecho de que las sombras, la ignorancia, el odio, la codicia y la enfermedad, forman parte intrínseca de nuestra existencia. De hecho, es ineludible que todo camino de conocimiento intente afrontar todas las posibles causas de insatisfacción y no evitarlas sirviéndose de algún subterfugio pseudo-espiritual.


Sin embargo, no podemos olvidar que el arduo trabajo de alzar los velos —de deshacer los nudos psicológicos o de derribar las murallas y las corazas que protegen a nuestro pequeño ego— significa también quedarse desprotegido y sin barreras. Porque es indudable que esos velos cumplen una función psicológica defensiva necesaria para el equilibrio del psiquismo. En vista de ello, no parece aconsejable ponerse a derribar alegremente todas nuestras defensas cuando aún no sabemos protegernos por nosotros mismos. Existe, en el proceso de levantar los velos y de liberar los nudos, una secuencia natural que debe respetarse, donde los últimos velos formados deberán ser lógicamente los primeros en ser abordados e integrados. Esto es, debemos enfrentarnos a nuestras sombras psicológicas antes de estar en condiciones de alzar el velo que oculta las represiones más profundas, los niveles sutiles de la mente y el velo de la ignorancia primordial. De ese modo, si tenemos una represión primordial, habrá un dolor primordial reprimido. Si tenemos una represión personal, hay una fuente de dolor en nuestras relaciones personales forjadas, desde la más remota infancia, que también debemos descubrir. El proceso inverso de dejar caer los velos pasa por afrontar y comprender la fuente y la naturaleza del dolor que nos llevó a erigirlos. El trabajo personal precede al transpersonal y éste al espiritual, aunque dado que el nivel espiritual es inmanente al resto de niveles del espectro y subyace por tanto también a la represión original, debe ser tenido en cuenta en todos los estadios de desarrollo porque proporciona la pauta clave o esencial del mecanismo que permite establecer el resto de represiones o velos.


Ananda Koomaraswamy afirma que el velo original es el tiempo. Por su parte, el sufismo afirma que la Realidad está rodeada por setenta mil velos de luz y oscuridad. El budismo, por su parte, completa esta aseveración y específica de manera más precisa de qué modo tiene lugar la formación de este velo de la dualidad primordial, en el que intervienen diversos factores. Así, el desconocimiento de la esencia vacía de la mente conduce a la concepción del sujeto, es lo que se denomina el «velo de la ignorancia». La falta de comprensión de su naturaleza luminosa y esencialmente clara, que se expresa a sí misma en toda clase de objetos y apariencias, da lugar a la concepción del objeto, el “otro” o el llamado “velo de la dualidad”. La dualidad precedente nos lleva a sentirnos felices con lo que consideramos agradable y desagraciados con las experiencias dolorosas, desarrollando apego y rechazo al respecto. Cuando no cobra conciencia de la presencia de esos factores, la mente cae en un estado de letargo y opacidad conocido como ignorancia. Apego, rechazo e ignorancia constituyen las tres emociones perturbadoras raíces. El budismo sostiene que existen 21.000 tipos de apego, 21.000 de rechazo, 21.000 de ignorancia y otras tantas que son una combinación de los tres grupos citados, que conforman, conjuntamente, el “velo de las emociones conflictivas”. Bajo su influencia realizamos, a través de cuerpo, palabra y mente, toda clase de acciones condicionadas por dichas emociones conflictivas. Es lo que el budismo denomina “velo del karma”. 


Ken Wilber, adalid de la psicología transpersonal (hoy en día, llamada integral), explica del siguiente modo el proceso de formación de los velos. El velo primario es la dualidad yo/otro, sujeto/objeto, exterior/interior, un proceso que acaba escindiéndonos de la totalidad de la experiencia estableciendo, por así decirlo, la primera separación en el seno del infinito. El segundo velo es el que separa a la mente del cuerpo: la noción de que somos alguien que posee un cuerpo o la sensación de ser una entidad aislada en el interior de un cuerpo. Viene a continuación la dualidad ego/sombra, es decir, la proyección de lo que queremos ser frente a lo que somos verdaderamente, que genera tanto la proyección de la imagen ideal como la de la sombra, que es todo aquello que no queremos admitir de nosotros mismos. Los elementos oscuros e inaceptables se reprimen y pasan a formar parte de la sombra. Vemos, pues, que el proceso de formación de los velos es un creciente proceso de fragmentación. Y, si bien meditación y psicoterapia aspiran igualmente a reconstruir la fragmentación, a recuperar la totalidad perdida y a levantar los velos que ocultan la realidad, cada una de ellas está especializada en alzar velos específicos y en desatar nudos que quedan fuera del alcance de la otra disciplina. La meditación no cura la neurosis. La terapia no sustituye a la meditación. Dicho lo cual, también creo que Antonin Artaud estaba en lo cierto al distinguir entre psicología y arte.

Recurso Visto en WebIslam

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